sábado, 26 de mayo de 2012
El Gran Gatsby y The Roaring Twenties
Aquí un avance, que como ya habíamos mencionado es algo colorido.
sábado, 10 de diciembre de 2011
El tesoro de la sierra Madre, los hermanos Grimm y una critica al sistema capitalista.
sábado, 1 de octubre de 2011
El Príncipe Rojo, la vida secreta de un Archiduque de la familia Habsburgo
viernes, 9 de septiembre de 2011
Eva y Adolf, nuevo libro sobre la amante del Dictador
miércoles, 7 de abril de 2010
Reconquistar el territorio perdido

Tremenda Noticia, la editorial RBA sigue las publicaciones de los libros de la historiadora norteamericana Barbara Tuchman, ahora le toca al Telegrama Zimmermman(Fecha de publicación 22/04/2010), una historia muy completa de espías, guerra, tramas políticas, testarudez (de parte de Carranza) y muchas historias interesantes. Se me paran los pelos solo pensar en que hubiera pasado si los mexicanos se hubieran unido a los ejércitos del Kaiser en contra de Estados Unidos, la historia hubiera sido diferente.Tuchmann gano dos veces el Premio Pulitzer en la categoría de ensayos y obras de divulgación por sus libros Los cañones de agosto: treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo y Stilwell and the American Experience in China(sin traduccion)
En enero de 1917 la Primera Guerra Mundial estaba en un trágico punto muerto. Los ingleses sabían que Europa sólo se salvaría si los Estados Unidos intervenían. Pero el presidente Wilson se aferraba a su neutralidad y a sus esfuerzos por mediar en la negociación de la paz. Y entonces, de pronto, el instrumento para empujar a los norteamericanos a entrar en la guerra llegó a una tranquila oficina inglesa. Uno de los miles de mensajes interceptados por el equipo de descodificadores británico era un telegrama en clave de Arthur Zimmermann, secretario de Asuntos Exteriores alemán. Un documento de alto secreto en el que se invitaba al presidente de México a unirse a Alemania y Japón en la invasión de los Estados Unidos. La recompensa
para México: recuperar los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. El plan estratégico del mando alemán: mantener a Estados Unidos ocupados en una guerra en su propia casa, al otro lado del Atlántico, lejos del escenario europeo. Y los británicos tenían que pasar esa valiosa información a Estados Unidos, sin revelar que habían sido capaces de descifrar los códigos secretos alemanes, para lo cual debieron utilizar todas las argucias del espionaje y la diplomacia. La ganadora del Premio Pulitzer Barbara Tuchman desvela en esta apasionante historia de espías, la verdadera historia de cómo los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial y cómo un telegrama cambió el curso de la historia

Aqui la traduccion del famoso telegrama tomada de Wikipedia;
Nos proponemos comenzar el primero de febrero la guerra submarina, sin restricción. No obstante, nos esforzaremos para mantener la neutralidad de los Estados Unidos de América.
En caso de no tener éxito, proponemos a México una alianza sobre las siguientes bases: hacer juntos la guerra, declarar juntos la paz; aportaremos abundante ayuda financiera; y el entendimiento por nuestra parte de que México ha de reconquistar el territorio perdido en Nuevo México, Texas y Arizona. Los detalles del acuerdo quedan a su discreción [de Von Eckardt].
Queda usted encargado de informar al presidente [de México] de todo lo antedicho, de la forma más secreta posible, tan pronto como el estallido de la guerra con los Estados Unidos de América sea un hecho seguro. Debe además sugerirle que tome la iniciativa de invitar a Japón a adherirse de forma inmediata a este plan, ofreciéndose al mismo tiempo como mediador entre Japón y nosotros.
Haga notar al Presidente que el uso despiadado de nuestros submarinos ya hace previsible que Inglaterra se vea obligada a pedir la paz en los próximos meses.
martes, 13 de octubre de 2009
Himmler de Longerich
Lanzan más completa biografía de Heinrich Himmler.
El jefe de las temidas SS, Heinrich Himmler fue uno de los más emblemáticos jerarcas nazis y que encarna además todo el horror del Holocausto y de los impulsos asesinos de la Alemania de Adolf Hitler. Eso hace sorprendente que sólo ahora aparezca una biografía exhaustiva del siniestro personaje.
Heinrich Himmler. Biographie, es el título lacónico de la obra monumental que el historiador Peter Longerich acaba de publicar en la editorial Siedler y en la que logra dar una mirada profunda a la psicología interna de uno de los protagonistas claves de la barbarie nazi.
A Longerich le vino bien el hecho de que, para documentar la vida y el pensamiento de Himmler, existe mucho material de primera mano, como un diario que empezó a llevar desde que era niño, listas de lecturas comentadas y una abundante correspodencia.
La c
onclusión central de Longerich es que probablemente Himmler fue el más radical de los nazis y el que más poder, después de Hitler, llegó a tener en su mano durante los años del III Reich.
Himmler, nacido en 1900, era un hombre de 1,74 metros de estatura demasiado poco para alguien que soñaba con el ideal del superhombre ario y que además era débil y enfermo. Frente a sus limitaciones, cultivó, al menos desde los años 20, la utopía de un mundo perfecto, dominado por los germanos.
Para alcanzar ese mundo había que liquidar, según Himmler, a judíos, eslavos, homosexuales, discapacitados y asociales, mientras el cristianismo que consideraba como "la peste más grande que se había generado en la historia" debía ser reemplazado por una religión germana, basada en los viejos mitos.
Como muchos de su generación, rechazaba tanto el imperio guillermino al que no le perdonaba haber perdido la Primera Guerra Mundial como la República de Weimar y anhelaba un conflicto bélico.
Mientras tanto, Himmler intenta estudiar economía agraria la sociedad ideal debía ser agrícola pero la devaluación y la hiperinflación de los años 20 en Alemania hace que la fortuna de su familia se desintegre y eso le obliga a dejar sus estudios.
Himmler tiene que trabajar. Después de su matrimonio en 1928 y del nacimiento de su primera hija, trata de aumentar sus ingresos como granjero avícola, pero sin éxito digno de mención. Sus problemas económicos sólo terminan en 1930, cuando logra un escaño en el Reichtag como uno de los representantes del Partido Nazi.
Antes, a sus lecturas antisemitas había agregado algunas de parapsicología y espiritismo como parte de su proyecto para crear una nueva religión germánica.
Su carrera en el partido empieza a mediados de los años 20 y en 1924 hace en sus anotaciones su primera referencia a Hitler, al que consideraba un hombre extraordinario. En 1926 es nombrado jefe de propaganda para toda Alemania.
Dos años más tarde asume la jefatura de las SS, una fuerza de choque del partido, que en principio estaba subordinada a la S.A de Ernst Röhm y que contaba apenas con 280 hombres. En 1933, cuando los nazis llegaron al poder, Himmler había logrado aumentar a 50.000 el número de miembros de la SS que en el curso de los trece años de régimen nazi llegarían a ser medio millón.
Himmler, sin tener la eficacia populista de Joseph Göbbels o de Hermann Göring, se convirtió, sin embargo, por su apasionamiento y eficacia, en el hombre clave de Hitler. 
Poco a poco, fue desplazando a sus rivales Ernst Röhm fue incluso asesinado posiblemente por intriga suya y sus hombres se convirtieron en el símbolo del terror y la muerte.
Logró que los campos de concentración se pusieran bajo su mando y fue el ejecutor principal y en algunos casos también el autor intelectual de los planes para el exterminio total de los judíos.
Tras la invasión de Polonia en 1939 y el ataque a la Unión Soviética en 1941, inicialmente las órdenes eran asesinar sólo a los varones judíos. Himmler consideró, sin embargo, que no se justificaba dejar vivas a las mujeres ni mucho menos a los niños que en el futuro podían convertirse en vengadores.
Al parecer, hubo momentos en que Hitler tuvo que frenar el ímpetu asesino de Himmler pues necesitaba todavía a parte de las víctimas potenciales como mano de obra.
Cuando llegó el fin de la guerra, y Himmler y sus esbirros habían eliminado a 6 de los 30 millones de personas que tenían proyectado asesinar, el jefe de las SS no entendió que su carrera había terminado y creyó que podía llegar a un acuerdo con los aliados para convertir a la Unión Soviética.
El 23 de mayo de 1945 Himmler se suicidó, siendo prisionero del ejército británico.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Adolf Hitler, el 'hombre desesperado' y una entrevista con David Solar
Cuando el armisticio de 1918 entre los Aliados y la República Alemana, Adolf Hitler yacía herido y medio ciego en un hospital de Pomerania. Había sido un cabo valeroso en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y recibía un tratamiento médico para soldados gaseados. Después de conocer la derrota, escribió: "La noche cayó ante mis ojos y, a tientas, a tropezones, regresé al dormitorio y hundí mi cabeza ardiente bajo la manta y la almohada". El historiador David Solar, que ya ha escrito una biografía del personaje, presenta ahora '1939. La venganza de Hitler' (La esfera de los libros). Solar dice de él que era un "hombre desesperado". El libro trata de vivificar los primeros pasos hacia la culminación de esa desesperación, inyectada a todo el mundo con las maneras histriónicas del nazismo, de la guerra.
Aparte del aniversario, y de la oportunidad de las fechas, al autor trae a colación un pánico muy concreto del año 39. En primer lugar, es el año de un pulso moral. Hitler era la boa que, en palabras de Churchill, hacía la digestión de territorios. La inquietud era una red eléctrica internacional que sacudía todas las embajadas. "En Europa no hay respeto, sólo hay miedo", dijo Hitler como intuyendo algo.
Se había comido Austria, los Sudetes, después los protectorados de Eslovaquia, Bohemia-Moravia. El Führer miraba hacia Danzig como otro pedazo que cobrarse del agravio de Versalles, origen y larva de la venganza del hombre desesperado. Leitmotiv también del cuadro nervioso que nos pinta ahora Solar, que tiene la virtud de contar lo pasado como si fuera de ahora, como si fuese inminente.
Pero, nos recuerda el autor, Hitler estaba "aterrado ante la posibilidad de dos frentes. Y se lo hubiese pensado mucho si no hubiese contado con el pacto con la URSS". El Pacto Ribbentrop-Molotov, del 23 de agosto de ese año dio vía libre. Durante los primeros 3 días de septiembr, la Wermacht avanzó su guerra relámpago hasta el corredor de Danzig. El 17 la URSS embistió a los polacos desde Oriente.
El ejército alemán no confiaba en su gloria hasta que se arrasó a la atrasada caballería polaca. Con las declaraciones de guerra desde Londres y París, la bravata se hacía más seria. Solar cuenta como los generales no estaban tan seguros de las escala que adquiría el duelo. Von Brauchitsch y Franz Halder, jefes de la Wermacht y del Estado Mayor respectivamente, pretendieron retrasar la operación de Francia (el 'Plan Amarillo') y fueron ninguneados. Justamente esa fue la maniobra alemana más brillante de la guerra, según Solar, y Hitler, el cabo de la guerra del 14, alcanzaría su Olimpo.
Pero su venganza se extendía a todos los que propiciaron la derrota aquella, los traidores internos. No era sólo Francia, eran, como es sabido, los comunistas y los judíos (aunque se puede ser ambas cosas simultáneamente). "A Hitler no le dejó ninguna novia judía, no le arruinó ningún negociante judío", explica el historiador. Aquella fijación tenía un punto de gratuito, pero según opina, el antisemitismo fue una fiebre suya que fue afilando crecientemente según apreciaba el éxito popular que tenía.
El preludio español
Además David Solar hace un puente en su libro, y cuenta el papel del Tercer Reich en la sangría de España, que iba a dar el relevo a todo el resto. Frente a eso que se habla de ensayo militar de la Segunda Guerra Mundial en la península, Solar le concede de una minúscula relevancia internacional.
"Los alemanes no aprendieron nada aquí", explica. El bombardeo de Guernica, tan famoso, que dejó un centenar y pico de muertos, no fue un antes y un después en semejante técnica de matar. El autor considera que, por ejemplo, los bombardeos y gaseos que el ejército británico precipitaba sobre los kurdos desde 1922, ya habían explorado estos cauces mortíferos del cielo en llamas. Madrid y Barcelona, a su lado, fueron mucho más maltratadas. Y no hay punto de comparación con pulverizaciones de decenas de miles de muertos como la de Varsovia, y luego Dresde y Hamburgo. Por su parte, aparte de técnicas de represión, los soviéticos no aportaron demasiado. Ni los italianos.
Empezaban las tempestades de acero y la guerra blindada poco tenía que aprender de nuestro zafarrancho. Hitler en 1939 pasaba de los miedos a la certeza de algo que, felizmente, al final no iba a resultar. Era el año del inicio de la guerra submarina y del camino a la dominación mundial, el año que abría un proyecto desesperado y desproporcionado, largamente larvado, desde aquel hospital de soldados de Pomerania. Algo que pensaría bajo la almohada. Es complicado que la ficción pueda proponer una historia más apasionante.
'1939. La venganza de Hitler', David Solar. La Esfera de los Libros. 29 euros.
impusieron en Versalles hicieron mella en un joven pintor fracasado que rumió incesablemente su venganza hasta que, 20 años después, despeñó al planeta por el más devastador conflicto conocido, la II Guerra Mundial. David Solar, periodista e historiador, director hasta su reciente jubilación de la revista La Aventura de la Historia, la más vendida de nuestro país en su género, continúa aquí con sus estudios centrados en la guerra entre los Aliados y el Eje a la que ya dedicó obras como Un mundo en ruinas, La caída de los dioses y El último día de Adolf Hitler.lunes, 31 de agosto de 2009
Entrevista a Ian Kershaw sobre Hitler
Pregunta. ¿Hubiera habido Holocausto sin Hitler?
Respuesta. No. Sin él no habrían existido ni el Holocausto, ni las SS, ni una guerra de conquista en Europa a finales de los años 30. Hitler fue absolutamente decisivo, esencial e irremplazable. Lo que no quiere decir que Hitler tomara todas las decisiones. La gente trabajaba "en la dirección del Führer". Es decir, anticipaba sus opiniones y actuaba en consecuencia. Pero cada encrucijada importante siempre requirió su autorización.
P. Y sin Hitler, ¿Alemania habría ido a la guerra?
R. Quizá. Pero la guerra habría tenido unas dimensiones mucho más limitadas. En 1939 muchos dirigentes nazis abominaban de la intención de Hitler de iniciar una guerra contra las democracias occidentales. Conviene recordar que Francia tenía entonces el mayor Ejército del mundo y el Reino Unido no era sólo esta isla: tenía detrás el Imperio Británico y el probable respaldo de EEUU. Los generales de Hitler creían que Alemania perdería una guerra así, aunque creyeron que el peligro había pasado después de la invasión de Checoslovaquia. "Si no lucharon por Praga", pensaron, "¿por qué iban a luchar por Danzig?".
P. Pero Hitler fue sobre todo un jugador que fue sobreviviendo gracias a numerosos golpes de suerte.
R. Desde luego. Desconfiando del resultado de la guerra, Hermann Goering le dijo en 1939: "Mi Führer, ¿debemos apostarlo todo?". Y él le respondió: "Usted sabe, Goering, que me he pasado la vida apostándolo todo". He aquí la respuesta de un hombre adicto al juego. Pero la guerra era una apuesta colosal y él era consciente de ello. Estaba en juego la existencia misma de Alemania. Tenía que vencer a todas las potencias del mundo y vencerlas cuanto antes. No podía decir: invadimos esto y luego esperamos. Tenía que ser una carrera rápida.
P. Pero en el caso de Rusia la apuesta le salió mal. Pensó que todo sería más fácil.
R. No sólo él. Todo el mundo lo pensaba. Stalin había purgado a toda su cúpula militar en 1938, el Ejército Rojo había obtenido una victoria pírrica en 1940 ante el débil Ejército finlandés y los aliados creyeron que Alemania ganaría una guerra contra la URSS en cuestión de semanas. Y, sin embargo, no sobrevivió a la derrota de Stalingrado.
P. Usted dice en su libro que Hitler fue el político más popular de la Historia.
R. Es una afirmación difícil de probar porque no hubo elecciones ni sondeos en Alemania después de 1933. Aun así, un tercio de los alemanes votaron por Hitler entonces. Una proporción estimable en el contexto de la atomizada República de Weimar. Fue luego, sin embargo, cuando se extendió la popularidad de Hitler gracias a un aparato de propaganda formidable que divinizaba la figura del líder supremo.
P. ¿Había algo en Alemania que la hiciera más vulnerable que otros países a un tipo como Hitler?
R. Quizá la idea alemana del liderazgo carismático que enlazaba en lo religioso con Lutero y en lo político con Bismarck. El culto a Bismarck fue una premisa muy importante para que floreciera el culto a Hitler. En el periodo imperial y en la República de Weimar hubo mucha gente que empezó a venerarle como el padre del Imperio. Una personalidad por encima de los intereses particulares. Un ser superior.
P. Pero para elevar a Hitler a la altura de Bismarck era necesario conferirle un aura de respetabilidad que no tenía. ¿Qué papel desempeñó el entonces presidente de la República, Paul von Hindenburg?
R. Un papel muy importante. Al fin y al cabo, Hindenburg era el héroe de la batalla de Tannenberg y Hitler era tan sólo el líder de un partido que ni siquiera tenía el respaldo de la mayoría de los votos. La cercanía de Hindenburg la explotaron los nazis en 1934 en un acto coreografiado al milímetro por Goebbels y celebrado en la ciudad de Potsdam, símbolo por excelencia del poder prusiano. Allí se produjo el encuentro entre el viejo prócer y la nueva Alemania, simbolizada en aquel canciller respetuoso y enérgico, enfundado en un traje oscuro y elegante. Aquel día hubo muchas personas que no eran nazis ni admiradores de Hitler que se decidieron a apoyarle escuchando la retransmisión de Goebbels.
P. ¿Y ese halo de respetabilidad no sufrió ningún rasguño en 1934 al aniquilar Hitler a Ernst Röhm y a las SA en la masacre de la Noche de los cuchillos largos?
R. Pues es curioso, porque cuando Hitler se deshace de las SA, la gente no lo percibe como una masacre sino como un acto de razón de Estado. Como el sacrificio de un hombre responsable que antepone los intereses de Alemania a los del partido y es capaz de desprenderse de los elementos más despiadados de sus filas.
P. Por aquella época, el político conservador alemán Franz von Papen dijo aquello de que habían "alquilado" a Hitler. ¿Hasta qué punto subestimó al personaje la derecha democrática alemana?
R. Creyeron que podían controlarlo y se les fue de las manos. Los conservadores eran suficientemente poderosos para destruir la República de Weimar, pero no para reemplazarla por el régimen que querían. Y de alguna manera no podían prescindir de un movimiento de masas como el nazismo. Por eso tuvieron que incorporarlo al Gobierno y al final elevarlo a la Cancillería. Fue entonces cuando Franz von Papen dijo: "No os preocupéis. Lo hemos alquilado". Subestimando, por supuesto, lo que se avecinaba.
P. ¿Por qué lo hizo?
R. Ellos miraban a Italia y se daban cuenta de que Mussolini había reinstaurado el orden y unas condiciones buenas para la industria italiana. Y pensaron que Hitler perdería su lado salvaje y se convertiría en un tipo más manejable. Por supuesto, no se dieron cuenta de que la autoridad de Hitler en 1933 era mucho más fuerte de lo que ellos creían.
P. ¿Cómo reaccionaron las iglesias?
R. Habría que distinguir entre protestantes y católicos. Los protestantes no eran una Iglesia unitaria pero muchos saludaron la llegada de Hitler como el renacimiento de una nueva fe en Alemania. En la Iglesia Católica en cambio hubo muchos titubeos. Veían en el Partido Nazi un movimiento ateo y una amenaza a la cristiandad y los obispos aconsejaron a sus feligreses que no lo votaran. Pero cuando Hitler prometió que mantendría las escuelas católicas, la Iglesia Católica transigió y animó a sus fieles a respaldarlo. Y el cardenal de Múnich, que visitó al Führer en su residencia alpina, anotó luego en su diario privado: "Este hombre cree en Dios". ¡Incluso él fue persuadido de que Hitler era un hombre bueno!
P. Quizá porque Hitler era un camaleón, capaz de adaptarse a su interlocutor y seducirle en las distancias cortas...
R. Lo era. Y era también un tipo muy persuasivo. En el trato personal parecía un hombre mucho más moderado que en público. Era un gran actor capaz de cambiar mil veces de imagen.
P. En ocasiones da la impresión de que para los alemanes Hitler es una cabeza de turco en la que colgar sus propios pecados.
R. Ha habido algo de eso, sí. Cuando estaba vivo, los alemanes lo divinizaron. Apenas murió, le echaron la culpa de todo. De todas formas, hoy todo es un poco distinto, porque sabemos que todos los segmentos de la sociedad alemana fueron cómplices de los crímenes del régimen.
P. Pero hubo oficiales de las SS que nunca fueron juzgados. ¿Debió celebrarse una versión extendida del Proceso de Nuremberg?
R. No es una discusión resuelta. Humanamente, se debió perseguir a los criminales. Políticamente, todo era más complicado y Konrad Adenauer decidió mirar al futuro y cooperar con tipos que tenían un pasado muy oscuro. A Alemania le costó mucho procesar a sus criminales y, cuando lo hizo, éstos recibieron sentencias muy leves que casi siempre se conmutaron o no se cumplieron. Esto es tremendamente injusto, pero es difícil saber si la creación de una democracia estable en Alemania hubiera sido más fácil o más difícil actuando de cualquier otra manera.
P. ¿Cómo era Hitler en su vida íntima?
R. Era un gran lector y un autodidacta y tenía muy buena memoria y una mente muy acerada. Apenas llegó a la jefatura del partido, su vida íntima se subsumió muy pronto en su vida pública. Hitler ni siquiera tenía la vida íntima que lleva hoy un primer ministro. ¿Cómo iba a tener una vida íntima un semidiós? Por supuesto, iba al Festival de Bayreuth por un interés genuino en Wagner y veía muchas películas. A veces muchas veces la misma película. Era una vida íntima tremendamente banal. Incluso en una cena todo el mundo esperaba que cada vez que hablaba hiciera una declaración ex cátedra. Hitler era un hombre sin amigos.
P. ¿Ni siquiera Albert Speer o Joseph Goebbels?
R. Ni siquiera. Ellos le llamaban «mein Führer» y él siempre les trataba de usted. No había ninguna intimidad con nadie.
P. ¿Y con Eva Braun?
R. Si hubo sexo o no, nunca podremos saberlo. Una vez entrevisté a uno de los administradores de la residencia alpina de Hitler y me dijo que su esposa había inspeccionado las sábanas una mañana y no había en ellas ningún resto de semen. Un tipo bastante extraño (risas). Quién sabe. Los dos tenían una relación muy próxima. Ella quiso volver a Berlín para morir con él y Hitler quiso casarse con ella antes de quitarse la vida. Aunque también hay quien dice que la despreciaba en público.
P. ¿Hitler era misógino?
R. Lo era aunque le encantaba rodearse de jovencitas.
P. ¿Y homosexual?
R. Estas cosas son por definición imposibles de probar pero sí hay una especie de entorno homoerótico alrededor de Hitler. Pero no creo que tengamos pruebas suficientes para decir que Hitler era gay. En mi opinión, Hitler era una persona sexualmente neutral. Indiferente a los hombres y a las mujeres. Pero esto es puro elucubrar.
P. ¿Cómo descubrió su vocación política?
R. Fue el Ejército el que lo empujó a la política. El Ejército y el ambiente de agitación que se vivía en Múnich, que por entonces estuvo inmerso en una revolución soviética.
P. ¿Y hubiera ocurrido sin el tono hipnótico de su voz?
R. No. Hitler tenía una habilidad extraordinaria para amplificar el enfado, el resentimiento y los problemas de la audiencia y convertirlos en un discurso movilizador. Y luego está el hecho de que se creía lo que decía. Era a la vez un propagandista y un ideólogo. Debió de ser algo electrizante verle en sus primeros años hablando en aquel ambiente y con esa pasión. Porque en aquellas cervecerías de Múnich Hitler hablaba para gente que no estaba convencida. Había socialistas y comunistas entre la audiencia y gente que pensaba que era un lunático. Pero poco a poco su voz se convirtió en algo indispensable para el primitivo Partido Nazi. No podían vivir sin él. Era su gran estrella.
P. Pero al principio él se veía a sí mismo como el tamborilero que anunciaba la llegada del líder...
R. Sí. Pero eso empieza a cambiar a principios de los años 20. Justo antes del golpe de 1923 en Múnich. Y lo cambia del todo la experiencia en la cárcel: las miles de cartas que recibe diciendo lo maravilloso que es. Empieza a creerse que él es el héroe al que espera Alemania. Y después de la cárcel reconstruye el Partido Nazi, pero de una manera distinta. Antes era uno más. Ahora todos deben jurarle lealtad a él.
P. Al final, en los días del búnker, ¿hubo alguien en el que confiara?
R. Quizá en Borrman y en Goebbels. Y ninguno de los dos le traicionó. Es cierto que Borrman no quiso morir en el búnker y que Goebbels intentó una capitulación de Berlín. Pero los dos estuvieron con él hasta el final. Otros no hicieron lo mismo.
P. ¿Por qué Hitler ejerce una fascinación mayor que dictadores igual de mortíferos que él como Mao o Stalin?
R. Quizá porque el 90% de las víctimas de Hitler no eran alemanes. En los casos de Stalin y Mao eran soviéticos o chinos. Hitler desencadenó una guerra mundial y un genocidio sin precedentes. Antes había habido genocidios, pero ninguno de esa magnitud. En ese sentido, Hitler fue un fenómeno mundial que logró cambiar la Historia. No quiero con esto menospreciar los horrores de Mao o de Stalin, pero éstos estuvieron más confinados a su territorio. Y luego también está el hecho de que Hitler llegara al poder en una democracia liberal. En una sociedad como en la que nosotros vivimos. El siglo XX fue en cierto modo el siglo de Hitler. Pero vino y se fue. Y gracias a Dios nunca volverá a haber otro igual que él.
Entrevista a Ian Kershaw sobre Hitler,Eduardo Suárez Manchester


