Mostrando entradas con la etiqueta Bizancio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bizancio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Los saberes culinarios del señor Cunqueiro


Hola a todos, por fin terminamos el libro de Edgardo Mortara, me pareció muy entretenido, como lo mencione en la pequeña-rápida-reseña que escribimos hace algunas semanas atrás, el libro me resulto muy conmovedor, la desesperación de los padres por tratar de liberar a su hijo resultaron muy heroicas pero infructuosas, no quiero estropearle a nadie el final porque aunque pareciera por el título del libro que el tema central es el secuestro de este pequeño niño judío hay muchas cosas más que terminan en juego, la protesta mundial que levanto el caso fue fantástica pero lo que me intereso también fue la Italia de mediados del siglo XIX y sus movimientos por la unificación, cosa que resulto nada fácil y que venían gestando desde hace algunas décadas pero no habían logrado su cometido  pero gracias a la mala decisión de adoptar(para no decir raptar) al joven Mortara, fue el empujoncito que necesitaban para lograr el apoyo necesario de los antiguos aliados del Papa(Napoleón III), poco a poco se logro recuperar muchas tierras que estaban bajo el control del papado y quitando la opresión y restricciones en que vivían los judíos italianos bajo el control de la iglesia. la iglesia nunca lograría tener de nuevo el mismo control político.

Ahora hemos comenzado el libro del escritor gallego Alvaro Cunqueiro, “La Cocina Cristiana de Occidente”, es una serie de artículos sobre gastronomía enlazados con historias, (en vez de “enlazados” quise escribir “mezclados”),en palabras del autor “sin orden ni concierto, mis saberes del arte culinario, y de vinos, y también mis invenciones, el gozo de imaginar a un duque de Berry en una galería comiendo una liebre que nunca comió, o a un santo breton vendimiando el muscadet, que nunca vendimio, o al conde-duque de Olivares probando el gazpacho yendo hacia Doñana con el fatuo Felipe IV, o a unos canónigos tarraconeses en una merendola de popets”, los artículos no van en orden cronológico, ni  recetas(que es una lástima), pero sus descripciones de los platos que degustaban los rebeldes Papas de Aviñon, los mercenarios al servicio del Papado, los arqueros del rey o los zapateros, los diputados del parlamento de Normandía o la corte de Emperador Carlos V, son descripciones deliciososas, aqui un pequeño entremés como ejemplo, “El prado mediterráneo es exquisito. Su carne-de un color rosa hortensia, según los tratados-es fina. Se hierve y se sirve con una salsa de manteca de anchoas que aseguran recuerdan el garum de los romanos. Es la muerte más noble del prago; la manteca salada, aromatizada, hará que bebáis bien un blanco fresco, pero que tenga buen cuerpo.” Creo que era el chef Alain Ducasse que decía que la gastronomía para que evolucionara y creara algo nuevo, era preciso conocer todo lo bueno que ha acontecido en la historia de la cocina. Solo a partir de este conocimiento sería posible edificar una nueva propuesta. Hasta ahora voy por la mitad del libro de Cunquero pero por el momento parece que ha logrado hacer brillar toda la herencia de la gran cocina Europea Clásica. Como muy bien lo dice en la pequeña introducción de su libro, “Y conviene decir que ha sido en la cocina donde el hombre puso mas imaginación, mucho mas que en el amor, o que en la guerra." 
 Amen señor Cunqueiro amen.



martes, 18 de mayo de 2010

Sin Bizancio no habría existido Europa

Cuando me toco tomar una clase de Historia de la Cultura en la universidad, un profesor nos pidió que analizáramos el icono de la Virgen de Vladimir, con mucha paciencia franciscana el profesor oyó nuestros análisis piadosos, al terminar nos compartió su punto de vista sobre el icono de la virgen, para él representaba una época oscura, una era de tristeza por los abusos y desmanes de una clase poderosa y corrupta que oprimía al pueblo bizantino. Lo más probable es que no fuera la primera critica a Bizancio ni la ultima que oí, pero la imagen que tenemos la mayoría de nosotros simples mortales sobre el Imperio de Bizancio no es muy halagadora, tal vez fue culpa de Procopio y su historia secreta, o todos esas grandes luminarias del siglo XIX (entre ellos Gibbon) pero el Imperio Bizantino fue adquiriendo a lo larga de su historia una reputación negativa en el mundo occidental desde la Edad Media. El resurgimiento del Sacro Imperio Romano por Carlomagno en el siglo noveno y el cisma entre las iglesias de Oriente y Occidente en el siglo XI término de segregarlo ante los ojos de los reinos de Europa occidental, mejor muestra de ello el saqueo de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada en 1204. Por lo tanto los estereotipos medievales europeos de la gente del Imperio Bizantino los han retratado como pérfida, traidores, serviles y afeminados. Ni que decir de la Discusión Bizantina, una frase muy mal empleada. Pero por suerte para todos los interesados hay una nueva ola de historiadores que han sacado varios títulos donde tratan de brindar un poco de luz sobre esa gran sombra de la injusticia que se ha posado sobre Bizancio.
Coincidiendo con la llegada del libro de Judith Herrin sobre Bizancio, por lo poco que lo he ojeado me alegra saber que fue una buena compra, pero me animo mucho mas el profesor Carlos Garcia Gaul, al leer sus comentarios en el suplemento del periódico el país, donde alaba las obras que han venido a desmitificar y abrirnos los ojos sobre ese gran imperio de Oriente.


ANÁLISIS: PENSAMIENTO
Cuánto debe Europa a los bizantinos
CARLOS GARCÍA GUAL 15/05/2010

El diccionario de la RAE de la Lengua Española (edición de 1970) define "bizantinismo" como "corrupción por lujo en la vida social, o por exceso de ornamentación en el arte", y, en segunda acepción: "Afición a discusiones bizantinas".

El diccionario de la RAE de la Lengua Española (edición de 1970) define "bizantinismo" como "corrupción por lujo en la vida social, o por exceso de ornamentación en el arte", y, en segunda acepción: "Afición a discusiones bizantinas". Respecto a "bizantino", nos advierte: "Dícese de las discusiones baldías, intempestivas o demasiado sutiles". El sentido despectivo del término es común a otras lenguas; y se funda en un viejo estereotipo, heredado de la Ilustración, junto a la imagen de un mundo bizantino "corrupto" de figuras rígidas, joyas y ropas de oro, iconos, cúpulas, mosaicos, sedas, eunucos, una corte de intrigas sangrientas y discusiones teológicas infinitas en monasterios, plazas y mercados. (Una imagen decadente evocada por Hegel, Voltaire y Gibbon, y sus contemporáneos).

Pero esa imagen deformada no hace justicia al refinado y milenario imperio que defendió a Europa de los ataques árabes durante siglos, y civilizó y cristianizó el mundo eslavo, y mantuvo y transmitió el gran legado cultural del helenismo y a través de los exiliados y los textos clásicos impulsó el Humanismo del Renacimiento. "Sin Bizancio no habría existido Europa", afirma Judith Herrin al tiempo que denuncia esa perversa fama y su difusión europea. Los europeos no sólo cometieron una de las más infames traiciones de la historia al lanzar la Cuarta Cruzada a conquistar y saquear impíamente la espléndida Constantinopla, sino que más tarde rehusaron socorrer a la aislada Bizancio en 1453, cuando Mehmet II acometió su conquista. Con feroz codicia asesinaron a muchos bizantinos en 1204, dos siglos más tarde abandonaron la ciudad a los turcos, y, luego, acaso con mala conciencia, insultaron a los vencidos. "Las sistemáticas calumnias dirigidas hacia Bizancio como imperio que continúan aún hoy", escribe J. Herrin, "se originaron en el intento de los cruzados de justificar su codicia y pillaje contra sus correligionarios cristianos". (Los bizantinos eran hermanos en la fe, pero cismáticos, algo heréticos y encima arruinados. Ni los monarcas europeos ni el Papado les tenían ninguna simpatía. Tampoco los intelectuales del XVIII, ya se ve, por otras razones).

No faltan libros recientes con una perspectiva más justa de los méritos y logros de la civilización bizantina, corrigiendo el tópico tradicional, y subrayando los avances y los claros rasgos de modernidad en aquel prolongado y versátil imperio, que también, como otros, tuvo sus tiempos siniestros y una triste decadencia. Como ha escrito G. Cavallo: "Bizancio anticipa el estado centralizado de la edad moderna, experimenta formas estatutarias de asistencia pública y privada a la pobreza, se abre a modos capitalistas de expansión económica, concede a la mujer -aunque sea bajo el ropaje de un difundido antifeminismo- una dignidad y un papel desconocidos hasta nuestro siglo, y anticipa prácticas de trabajo intelectual (ediciones de textos, formas de lectura) de la edad moderna". Mucho antes, Hans Freyer destacaba, en su Historia universal de Europa, cómo había ejercido de dique y filtro espiritual entre Oriente y Occidente: "Bizancio recibe los poderosos efectos del Oriente y, en sentido positivo, ha impermeabilizado al Occidente contra ellos, o al menos, como un filtro, ha dejado pasar poco hacia él. Muy varia sabiduría de la sangre, viejas experiencias del cuerpo y el alma, mucho arte del goce y de la ascesis se han perdido con ello para Occidente, y sólo gracias a ello es éste tan inquieto, tan inteligente, tan falto de sabiduría y tan laborioso ahora".

El Bizancio de Judith Herrin es "una historia distinta" sin el habitual esquema cronológico. Enfoca en capítulos sueltos sus aspectos más característicos, sugestivos y fascinantes, en un relato espléndido por su amenidad, colorido dramático y fresco estilo. Trata, en sabias viñetas, de Constantinopla, la mayor ciudad de Europa, Santa Sofía, los iconos, los mosaicos de Rávena, la ortodoxia, los eunucos, la corte, la sociedad cosmopolita y el bastión contra el islam; también de Cirilo y Metodio, las cruzadas, la iconoclasia, el "fuego griego", Venecia y el tenedor (joyel de una princesa bizantina), el Monte Athos, el asedio de 1453 y, en fin, de "la grandeza y el legado de Bizancio".

Al comienzo Judith Herrin cita una nota reciente de prensa sobre la Unión Europea y sus "regulaciones tributarias de una complejidad manifiestamente bizantina". Luego comenta: "Si necesitamos una palabra para describir la mendacidad de nuestros actuales líderes políticos, la estrafalaria incompetencia de nuestras burocracias, el taimado egoísmo y las maquinaciones ilegales de nuestras grandes empresas, o bien el enrevesado atractivo de los pasillos globales de la fama, debemos encontrar un término apropiado, y no es el de bizantino. No es que el imperio estuviera libre de corrupción, de crueldad y de barbaridades, pero al proyectar en él las ideas que todavía evoca el término bizantino, estamos sugiriendo que todos esos defectos pertenecen a una sociedad remota y condenada, ajena a nuestro carácter y desvinculada absolutamente de nuestras propias tradiciones".

El adjetivo "bizantino" merece otras connotaciones, y Bizancio otra mirada.

Tomado del suplemento Babelia del Pais.com

miércoles, 18 de marzo de 2009

Golpea los ojos de los hombres

La religión Ortodoxa asombra y causa emociones especiales a todos aquellos que la miran por primera vez, los colores intensos de sus mosaicos e iconos, la belleza misteriosa en su liturgia, sus servicios religiosos muy elaborados y ceremoniosos, no solo asombran actualmente, los enviados del gran príncipe de Kiev Vladimir I, se quedaron cortos al tratar de describir la liturgia bizantina en una visita oficial a Constantinopla en el siglo X.

Ya no sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra", dijeron. Pues no existe sobre la tierra un espectáculo de tanta belleza; nos sentimos incapaces de describirlo. Sabemos solamente que Dios vive ahí con los hombres y que su culto sobrepasa al de todos los países!" Fue la belleza de la liturgia en Santa Sofía que convirtió a Rusia en ortodoxa.

Pablo Silenciario un poeta bizantino del siglo VI, contemporáneo de Justiniano, conocido por sus poemas Descripción de Santa Sofía, también quedo extasiado al ver la majestuosa obra de arte.

"La cubierta se compone de compactas teselas sobredoradas y de las que parte una brillante corriente de rayos dorados, que se vierten con abundancia y golpean los ojos de los hombres con fuerza irresistible. Es como si miraras al sol del mediodía en primavera, cuando dora las cimas de las montañas